viernes, 11 de junio de 2010

El Camino hacia la gran Ciudad Amurallada [Fragmento-Relato]

Originalmente este es un texto expandido de un relato de Martín Caparrós, "La Gran Ciudad Amurallada", el cual modifique....


El Camino hacia la gran Ciudad Amurallada




(…) Comí hasta que me dolió la panza y la boca, y me quede totalmente dormido. Me parece que helaba.

Me despertaron unas patadas en la espalda. Antes de abrir los ojos, o mientras los abría, vi los pedazos otra vez y me dieron arcadas. Ahora los pedazos trataban de juntarse, y armaban cuerpos raros: unos pedazos eran alas, otros mostraban dientes, otros eran barullo de una tormenta seca. Escuche risas de los que me pateaban y recién ahí pensé que los salvajes me habían descubierto. Abrí los ojos: eran otros.

Vi que eran otros: les pregunté qué eran y me miraron para decirme que no me entendían. No sé si fue un alivio o una decepción. Estos salvajes eran más sólidos, más bajos, mas plantados, y no tenían espadas sino maquinas parecidas a una ballesta cruzadas sobre el pecho. Por gestos y patadas me levantaron y me hicieron entender que caminara con ellos; debían ser unos veinte y no andaban en fila, sino más bien como manada. Uno, que los mandaba, bastante joven, no mucho mayor que yo, caminaba a mi lado y, cada tanto, se mojaba un dedo y me lo pasaba por la piel, como quien quiere despegar una pintura.

Caminamos todo el día por el paisaje desvaído; al atardecer, cuando vi, a lo lejos, la muralla brillando bajo el sol, recordé las historias que me habían contado en nuestra villa sobre la gran Ciudad que hace tanto acechábamos. En toda la región, solamente la Ciudad podía tener esa muralla.

Seguimos el camino, las murallas subían cada vez más hacia el cielo, eran impresionantes. El anochecer callo y llegamos a la gran puerta de hierro, de unos diez metros de alto y cuarenta de ancho, impedía que salga o entre cualquiera. En las hacer canias hombres blancos vestidos con grandes ropas de metal que la luna reflejaba en ellas. Al llegar unos de mis captores se adelanto y comenzó a comunicarse de una forma muy extraña con el gran hombre de plata. Al poco tiempo de espera la gran puerta se comenzó a abrir hacia el cielo que en estas altas horas se veían las nueves de una vecina tormenta.

Al entrar todo se veía oscuro; miles de antorchas ardían en las calles de la Ciudad. Me llevaron hacia un lugar bajo la tierra; todo era muy oscuro, solo se veía unos pocos metros con la antorcha que tenia este gran hombre de rostro perverso. Tomo unas telas, me las coloco y seguimos el camino.

Abrió una puerta de hierro y me arrojo allí adentró con gran fuerza. Poco se veía en la eterna oscuridad, solo la luna que cuando se asomaba me brindaba la visión espontanea. Un largo cajón con escritos y una fina tela que los cubría, solo eso era lo que se podía ver en este lugar tan chico. Tenebrosos sonidos en la oscura noche se escuchaban; gritos y los llantos del cielo. Al no poder dormir trate de mirar aquellos escritos, eran muy extraños. Tras un largo tiempo mirándolos y queriendo reconocer algo me quede dormido.

La luz del sol me despertó a la mañana siguiente, incomodo con escritos en mi espalda logre dormí un poco, al ver que me desperté el hombre de rostro perverso se acerco y dejo cerca de la puerta de hierro un vasija y una… cosa blanca redonda… que nunca había visto. Al ver que se alejo, tome la vasija que en su interior tenía agua y esa cosa blanca. Bebí el agua y comencé a mirar la cosa blanca, que extraña, era suave y se podía separa con facilidad; le di un mordisco y en mi boca parecía esponjosa, tenía un buen gusto, comencé a comerla lentamente.

Al tiempo que termine de comer la cosa blanca, los hombres de plata llegaron a la puerta, entraron me levantaron y me llevaron hacia fuera. Que grande y hermosa era la Ciudad. Comenzamos a caminar por los pasillos y salimos a una gran choza que era totalmente blanca. De allí salió un hombre vestido con ropas negras y algo muy chico blanco, uno de los hombres de plata comenzó a hablar con este; él me miro a los ojos, se acercó a mí y toco mi frente, al mismo tiempo cerró los ojos y comenzó a murmurar algo que no entendí ni una palabra. Luego el hombre saludo al hombre de plata y seguimos nuestro camino.

Comencé a ver, en lo alto a personas blancas y otras de mi tribu, al llegar a ese lugar lo que mis ojos vieron fue un gran sufrimiento; parecía un lugar de matanza, hombres y mujeres allí arriba, gritando hora tras hora de sufrimiento y dolor. Muchos hombres mirando atentamente a aquellos objetos de sufrimiento, riendo y sacudiendo sus manos. Creí estar en el mismísimo infierno. Que mis ancestros predijeron hace muchos años. Mi padre, mi madre y mis hermanos habían sido capturados por estos engendros. De seguro ya deben estas con mi dios; podres de ellos.

Luego ya do noche me volvieron a llevar a la oscuridad, con los escritos y la tela; me acosté y cerré los ojos. Pensé por un instante, que es lo que me deparara la ciudad.

No hay comentarios:

Ir Arriba